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A por ellos | El corcho flota
A por ellos | El corcho flota

El corcho flota

A por ellos

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Da vergüenza, da pena, da asco y da miedo.Los casos de corrupción se nos acumulan en la bandeja de entrada y ya no sirve de nada dejarlos en spam y mirar hacia otro lado. En paralelo a este lamentable espectáculo, tenemos la sensación de que nuestra vida se encamina hacia un precipicio que, dado el panorama, parece insalvable. Todo lo que está sucediendo últimamente, es difícil de digerir, demasiadas miserias juntas.

En la vida personal también pasa esto, se te acumulan las adversidades en un año, a veces, en un mes, incluso en un solo día: te levantas tarde, discutes con tu pareja, se estropea la lavadora, el jefe te pega una bronca y te sale un grano en mitad de la nariz porque, para colmo de desdichas, estás ovulando. Y piensas que eres una desgraciada, que te has equivocado en todo.

Y así estamos en este país, millones de ciudadanos, sin distinción de género, ovulando al unísono, sabiendo que el malestar que sentimos en estos días, es sólo el preludio de un malestar mayor e inevitable que no tardará en llegar. Con la sensación terrible de que nos hemos equivocado en todo, que ya no nos podemos fiar de nadie. Con la decepción de que esa democracia, que alguna vez creímos que era imperfecta pero digna y, en algunos aspectos, modélica, empieza a parecer un decorado de cartón que, con la lluvia y alguna que otra ciclogénesis explosiva, se está deshaciendo sin remedio. Y el grano no lo sentimos en la nariz, sino en el alma.

Pero, a pesar de que nos duele todo, seguimos cumpliendo con nuestras obligaciones cotidianas: bajando la basura, comprando el pan y llevando los pantalones a que nos suban los bajos. Aunque lo que nos pide el cuerpo es coger un descapotable, como Thelma y Louise, y viajar sin rumbo. Disfrutar de lo que nos queda y hacer aquello que nunca nos hemos atrevido a vivir hasta acercarnos al temido precipicio y, en un último acelerón, lanzarnos voluntariamente al vacío mientras le decimos al destino, jódete, me voy yo, no me echas tú.

Pero no lo hacemos. En parte porque el instinto de supervivencia es una cadena gruesa, con candado, que nos ata con fuerza a este mundo- por muy difícil que se nos ponga todo-, y nos esforzamos, día a día, en soñar que lo mejor está por llegar. Pero también porque sentimos que claudicar es darles la razón a los malos y el amor propio nos hace hervir las entrañas. Y, sobre todo, porque están ellos, los que vienen detrás, nuestros hijos, nuestros sobrinos, nuestros nietos y tenemos un compromiso con su futuro, aunque nuestro presente huela más a podrido que Dinamarca en los tiempos de Hamlet.

Es el único modo de coger fuerzas. Ni la jalea real, ni el ginsen,  ni los batidos de proteínas que venden en “Viva el músculo” consiguen tirar tanto de ti como la idea de que ellos no tienen la culpa y que es una broma pésima que hayan nacido en medio de este desastre. Que se lo debemos, les debemos el esfuerzo, la lucha por recuperar el espacio perdido, que tenemos la obligación de sacar la vaporeta y limpiar de polvo y mierda el mundo al que les hemos traído.

Carlota y Daniel

 

Mi ahijada se llama Carlota, es graciosa, valiente, independiente, pasional y preciosa. Solo tiene cinco años y ya se dibujan en ella los trazos de la mujer que va a ser. El pasado viernes tenía su primera cita. La organizó ella, llevaba varios días soñando con invitar a cenar a su vecino Daniel. Preparó la mesa para dos, en el centro colocó una planta, bueno, unas hojas que habia arrancado de un tiesto de su terraza, se vistió de princesa, le dijo a su madre que la maquillara, incluso le pidió antiojeras – ya me dirás tú las ojeras que puede tener una con cinco años- y recibió a su invitado que, para la ocasión, encima del pijama se había puesto una capa de Drácula, había que estar a la altura de la anfitriona… (Adjunto prueba gráfica del evento)

 

Dice su madre que lo que más le llamó la atención fue que, mientras preparaba la mesa, Carlota le explicaba muy seria: 

-Mira, mamá, aquí vamos a cenar y a hablar. 

Desconozco los derroteros por los que transcurrió la conversación entre esos dos, pero habría dado la vida por escucharla. Me cuentan que esa noche, Carlota y Daniel, vecinos y residentes en Tenerife, fueron felices y comieron Petit Suisse – que no nos sacamos a Suiza de la cabeza, ni con agua caliente- . Esa fue la primera de las muchas citas que les esperan a los dos a lo largo de la vida, con otros, con otras, con decepciones, con alegrías, que les queda todo por vivir y no tendríamos perdón si tirásemos la toalla y cortáramos de raíz la posibilidad de que escriban nuevas historias.

Hay múltiples razones para echar el freno del descapotable antes de saltar hacia el abismo y aprovechar la ausencia de un techo para coger aire. Pero si estos desgraciados  consiguen que no tratemos de salvar nuestras futuras citas, nuestras propias ilusiones, o nuestros sueños, pensemos en los suyos, en los de tantas miniprincesas con zapatillas de cordones y minivampiros en pijama, solo por ellos, hay que ir a por los malos, sin piedad pero con calma, esto es la guerra tranquila, pero la guerra. A por ellos.

 

Raquel Martos Raquel Martos

Raquel Martos

Es periodista, guionista y escritora. Ha hecho radio (Onda Cero y M-80) y ahora Cadena Ser; televisión (El Hormiguero); ‘Los besos no se gastan’ es su primera novela.



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