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El hombre de mi vida | El corcho flota
El hombre de mi vida | El corcho flota

El corcho flota

El hombre de mi vida

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Él me enseñó muchas cosas: a sacar brillo a los zapatos, a hacer crucigramas y a coger caracoles. Lo de los caracoles me daba pena, adoro a los animales y, aunque me gustaba comerlos, sufría viéndolos atrapados en aquel recipiente de plástico con tapadera de rejilla. Pero el momento de salir a buscarlos era mágico, porque había que hacerlo de noche, preferiblemente después de que hubiera llovido, era entonces cuando salían arrastrándose entre la hierba, dejando un rastro plateado que brillaba a la luz de la luna. Aquella expedición con linternas, él y yo solos, pasando frío y robándole horas al sueño, era lo más parecido a una aventura intrépida que podía vivir junto a un hombre tan disciplinado, tan acostumbrado a hacer lo que tocaba, puntual hasta la obsesión, ordenado y estricto en tantas cosas.

Algunos años después, cuando cualquier plan era más atractivo que pasar el tiempo con él y todas las emociones estaban lejos de la autoridad, seguía pendiente de mí. Ayudándome a rellenar esos impresos imposibles de la matrícula de la facultad o enseñándome a entender mis primeras nóminas- había poco qué entender y mucho menos qué cobrar-. Incluso, cuando dejé de vivir en su casa, seguía recordándome, sin falta, cuándo me tocaba pagar el IBI, las fechas para pasar la ITV, los plazos para hacer la Declaración de la Renta. Él era el guardián de mi vida en muchos sentidos pero entonces no me daba cuenta. 

Recuerdo, durante la infancia, noches de fiebre y faringitis en las que, el simple gesto de hacerme abrir la boca para medir, con la ayuda del flexo, el calibre de la infección en mi garganta, me tranquilizaba y hasta sentía que aquello dolía menos, y eso que él no era médico. No, no era médico, ni ingeniero, ni abogado, era un hombre que había trabajado desde niño, cuya formación académica se limitaba a su voracidad insaciable de libros y periódicos. Y sus logros, el resultado de una tenacidad inagotable para superarse a costa de esfuerzo y madrugones. Era un señor muy normal, pero a mí me parecía un súper hombre. 

Ahora soy yo quien lo cuida, quien le da crema en las manos y se las acaricia, quien le mira a los ojos para estar segura de que ha dormido, quien le escucha, quien responde a sus preguntas inconexas y trata de calmar sus miedos infundados. Y le cuento cómo me va la vida, aunque sé que no es capaz de entenderlo del todo, pero no tengo dudas sobre las cosas de las que se sentiría orgulloso y aquellas por las que sufriría poniéndose en mi piel, su piel – éstas últimas no se las cuento-.

También me enseñó a defender algo si creía que era justo, a solidarizarme con los demás y a no faltar a mi palabra. Y que, por mucho que a veces sintiera que el mundo gira en un sentido contrario a la honradez, yo tenía que esforzarme por ser honesta, aunque me equivocara, aunque perdiera en el intento. Él era y es el hombre de mi vida, el único que sabía desenredar mis rizos sin hacerme daño.

A todos los padres que lucháis por dar un futuro a vuestros hijos -aunque os lo estén poniendo tan difícil-, feliz dia y fuerza para todos los que vendrán. Pero no dudéis de que, sea cual sea vuestra situación económica, les dejareis cosas de gran valor que sólo con el tiempo sabrán entender .

 

“Something stupid” Frank & Nancy Sinatra.

Raquel Martos Raquel Martos

Raquel Martos

Es periodista, guionista y escritora. Ha hecho radio (Onda Cero y M-80) y ahora Cadena Ser; televisión (El Hormiguero); ‘Los besos no se gastan’ es su primera novela.



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