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LLueve a disgusto de todos | El corcho flota
LLueve a disgusto de todos | El corcho flota

El corcho flota

LLueve a disgusto de todos

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Pocas cosas tienen el don de ponernos de acuerdo a los que compartimos país. Ni los estudiantes que comparten piso, tienen tantos problemas para pactar quién friega y quien limpia los baños, como los que habitamos la piel de toro – que va camino de convertirse en piel de gallina – para coincidir en algo. Y, de pronto, al cielo le da por descargar agua sobre nuestras cabezas atestadas de problemas y, milagrosamente, hay quorum.Se quejan los creyentes porque peligran las procesiones, se quejan los laicos porque peligran los chapuzones, los hosteleros porque la lluvia deshace como cartón las expectativas de negocio en una de las temporadas fuertes de un año tan difícil como éste. El que se va, porque irse pa ná… y el que se queda, porque encima de que se queda…diluvia. Podemos decir que, por una vez, llueve a disgusto de todos.

Y yo que soy de las que, como dice mi madre, cuando sale el sol se me levantan las antenas. Yo que estoy harta, más que harta, de días oscuros y lluviosos que se suman al bajón general. Yo que muero por un tiempo seco y soleado en el que pueda plancharme los rizos para escapar durante un par de días de mí -  que estoy cansada de verme y de soportarme- , me he propuesto hacer de abogado del diablo y defender la lluvia. Sí.  Y no ya por lo necesario del agua purificadora e hidratante, no ya por la limpieza del ambiente y por el llenazo de los embalses, no. Porque sí, porque me hoy ha dado por sacar la cara por la lluvia, mira tú, en plan defensora de causas perdidas. 

Si me aferro a las supersticiones sin base científica alguna, puedo afirmar que siempre que mi madre y mi hermana salían de compras y llovía, encontraban un chollo; que mi amiga chilena de la Facultad empezó a salir con todos sus novios – que fueron unos cuantos- en un día de lluvia; que mi amigo Fernando, ingeniero, firmó tres contratos de trabajo, en años distintos, pero siempre en días lluviosos; que una vecina de mi barrio, dio a luz a cada uno de sus cinco hijos mientras el cielo rompía aguas; que mi primera sobrina – cuyo inicio en el mundo fue difícil- vino en un día de tremenda tormenta en pleno agosto y que la primera vez que pisé Nueva York, la ciudad de mis sueños, llovía tanto que estuvimos tres horas encerrados en el aeropuerto sin poder salir porque nuestros equipajes no podían bajar de avión. 

Lo sé, lo sé, llega este parón primaveral tan esperado y uno se va a la playa esperando el sol y quién sabe si más cosas, pero ¿Y quién te dice a ti que no puede pasarte aquello de que justo porque llovía y tuviste que meterte en un café a la carrera, encontraste junto a a la máquina del tabaco el amor que habías estado buscando, sin éxito, entre tumbonas y las sombrillas? Se han dado casos…

Tengo que confesar que los tormentones me suben los biorritmos, que me provocan cierta euforia y un subidón poco racional, una vez conocí a alguien que me pareció especial porque los rayos, los truenos y el agua a chorros le provocaban la misma sensación. Luego resultó ser menos especial de lo que aparentaba, o es que se nos acabaron las tormentas… Ah, y recuerdo otro alguien especial y un primer beso de noche en un taxi, que no hubiera sido, ni de lejos, tan sensual, sin el ritmo de la lluvia golpeando los cristales de las ventanillas.

No sé si lo he logrado, he hecho lo que he podido, de verdad. Lo que trato de decir es que si tenéis pensado salir, hacedlo y que la lluvia no os pare, que disfrutéis y que bailéis antes de que, como dice mi admirada Bárbara Alpuente, venga la Agencia Tributaria y nos quite lo bailao. Y que gastéis, si podéis, para que los que viven del turismo vean como, a pesar de la lluvia, se van despejando, al menos durante unos días, los nubarrones de la preocupación. Y que llueva, que llueva, que nos moje la lluvia como aquella manguera a Carmen Maura en La Ley del deseo, que hace falta mojarse, en todos los sentidos, para que los malos no consigan dejarnos secos. 

 

“Singing in the rain” Jamie Cullum

Raquel Martos Raquel Martos

Raquel Martos

Es periodista, guionista y escritora. Ha hecho radio (Onda Cero y M-80) y ahora Cadena Ser; televisión (El Hormiguero); ‘Los besos no se gastan’ es su primera novela.



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