El otro día, hablando (despellejando) entre amigas debatíamos porqué una conocida -que se gasta bastante dinero en ropa- parece siempre vestida de saldo.
Es mona, alta, educada, medio francesa (que con nosotras, snobs de lo galo, hace ganar puntos), lleva Louboutins, tiene Dior vintage de su madre, va a tiendas caras y no escatima. Y aún así, en ella un vestido de firma parece de Pimkie.
Tras darle muchas vueltas, llevamos a la conclusión de que lleva las cosas demasiado estrechas. No reventonas, de lycra ajustada, o en plan lobona. Es una silueta sin volumen, en la que la tela está demasiado pegada al contorno del cuerpo. Muchos cortes al bies, mucho tirante fino, faldas cortas con salones y ningún retal extra.
Y quizás porque es una silueta pasada de moda, o puede que porque mantiene su talla de manera demasiado literal, da la impresión de barato. Un día de verano, me encontré a esta chica por casualidad por la calle. Iba con un vestido largo y suelto. Sandalias planas. Ni gota de maquillaje y el pelo en un moño despeinado. Iba guapísima, relajada y sin ese punto cheap.
Parece contradictorio, pero hay veces que debemos olvidarnos de la talla que tenemos. Lo leía en una columna en el periódico este fin de semana. Para muchos, después de un régimen o de una dieta disciplinada, una cierta talla es una cuestión de orgullo. A la mayoría, nos da pánico subir una más. Es algo bastante neurótico. Pero en ciertas tiendas, hay que hacerlo. Hay que comprarse tallas grandes. Como por ejemplo, en H&M.
Ciertas telas que parecen de más calidad si “sobran”, si en lugar de una 38 escogemos una 40. Hay cosas que se ven mejor con algo de caída, de volumen, acentuando un drapeado… Y en ocasiones nuestra talla no es lo que nos entra, si no lo que nos queda bien.
Tengo otra amiga que tiene obsesión con el “es muy grande”. Le encanta decirlo. Le hace sentirse bien. ¿Los leggings de lana gris hacen arruguitas? Es que son muy grandes. ¿Una gabarina de Zara que se ciñe con gracia? No es su talla. Los cárdigans, que se tienen que llevar remangados y acogedores, se los compra pegaditos al cuerpo. El efecto es ”apretaíto” y adolescente.
No tiene que ver el cuerpo que tengas, ni lo cara que sea la ropa. En las fotos, unos ejemplos de varias famosas. ¿Qué hace que el mismo vestido de Matthew Williamson para H&M le quede mejor a Katie Perry que a Nicky Hilton, o que la sosa de Hillary Duff lleve mejor un LBD que la divinísima Victoria Beckham? Pues que la tela “respira”.
Lo mismo sucede con el Chanel que Diane Kruguer lleva infinitamente mejor . ¿Por qué cortarlo y ajustarlo, quitarle la elegancia, como hace la actriz Shantel VanSanten?
¿Vosotras estáis de acuerdo? ¿Podéis olvidaros de la etiqueta de las tallas?




































Trendy Team