
Cada vez llevo peor a la gente con incontinencia verbal. Esas personas que hablan sin piedad, a toda velocidad o repitiendo una y otra vez lo mismo sin esperar siquiera réplica. Y cuando tú consigues colarte por el resquicio que han dejado (por ejemplo para coger aire para continuar porque están a punto de ahogarse de tanto hablar), ni siquiera te dejan hablar, te interrumpen. Y no escuchan. Porque aunque consigan callarse un momento -porque alguien les haya dado un toque de atención o hayas podido imponerte por medios agresivos a su monólogo-, oyen pero no te prestan verdadera atención. Su objetivo y obsesión es que te calles de una vez para poder seguir hablando…
¿Creéis que exagero? ¿No conocéis a nadie así en vuestro entorno? Yo tengo varios "habladores compulsivos en mi círculo de amigos. En concreto, tres, dos mujeres y un hombre. Y se lleva "la palma" él con mucha diferencia. Pero claro, hablamos de un verdadero "crack", de un tipo que podría entrar en el libro Guiness de los Récords por su extraordinaria capacidad verbal, capaz de matar mediante oratoria mortal a un batallón de voluntarios.
Lo peor es que los tres me caen francamente bien, les aprecio muchísimo y me parecen personas inteligentes y con una conversación interesante… si fueran capaces de hablar solamente un 20% de lo que hablan. Al campeón de la oratoria del que os hablo le conocí en Brasil haciendo kitesurf, y era capaz de hablar sin parar mientras montaba su cometa, le ayudaban a levantarla, entraba en el agua, navegaba, salía, se quitaba el neopreno, se tomaba algo. Horas podía pasarse hablando sin parar y sin piedad, enganchando un tema con otro y de una persona a otra de forma espectacular. Es atractivo, incluso guapo, pero yo sería incapaz de estar con alguien que no parase de habla. De hecho, está soltero, pasa ya de los cuarenta y es un "partidazo".
Las otras dos oradoras son las mujeres de unos amigos con los que mi pareja y yo salimos mucho a cenar. Cuando ambas se juntan, es como estar en una pajarería… acabas con un dolor de cabeza y un estrés insoportable, no quieres más que acabar la cena, la copa y marcharte corriendo a casa para encerrarte en una habitación a oscuras y en silencio. Como os decía, las aprecio muchísimo y me encanta estar con ellas, pero tengo que tener un día muy bueno y muy energético para poder aguantar la tunda verbal a la que sé que me van a someter. Y no os quiero ni contar cuando encima se toman un par de copas, entonces no hay freno posible, estrechan el cerco, se pegan a tu cara para hablarte, te agarran para que no te escapes y te repiten una y otra vez, una y otra vez lo mismo. Como cojan una idea no la sueltan ni a tiros.
Y yo cada vez lo llevo peor. Porque me encanta conversar, como buena mujer que soy, pero si puedo hacerlo con gente que sepa hablar cuando le corresponda y escuchar cuando le toque. Pero escuchar de verdad, y no callarse un momento sin mirarte siquiera y volver a interrumpirte para continuar con su monólogo. La pena es que resulta muy cortante decirle a alguien que habla demasiado, sobre todo si se trata de una persona a quien aprecias pero con la que no tienes ese grado de intimidad. Con los extraños verborreicos soy cada vez más implacable, bastante estrés tenemos todos como para que alguien "te ponga la cabeza como un bombo", yo corto a la que puedo con cualquier excusa y salgo huyendo.
A propósito de hablar y escuchar, he leído un artículo que me ha encantado porque profundiza no en el primero, sino en la importancia del segundo concepto: escuchar, que no oír. Según este artículo escuchar supone esfuerzo y voluntad, crea empatía y es la base de la comunicación entre dos personas. En el texto aluden a una cita del escritor alemán Johann Wolfang von Goethe: "hablar es una necesidad, escuchar es un arte".
Efectivamente, qué gusto, qué sensación de confianza, seguridad y estima crea alguien que te escucha sin interrumpirte, sin querer dar la réplica constantmente, sin darte miles de argumentos antes de que tu hayas podido siquiera explicarte. Según el artículo que os cuento el cerebro está programado para oír, no para escuchar, por lo que el hecho de que alguien lo haga contigo lleva implícito un gran respeto. Y esto, ya se trate de una confesión amorosa, una discusión o una cuestión de trabajo, va a hacer que el que habla también te escuche después y, sobre todo, tenga en cuenta tu opinión.
A las mujeres nos gusta hablar con nuestras parejas, contarles cosas, pero, sobre todo, que nos escuchen, algo que a los hombres normalmente les suele costar… Y algo mucho más importante: cuando se trata de problemas o penas, lo que necesitamos es simplemente eso, que nos escuchen, no que nos quieran dar millones de soluciones prácticas. Porque ser escuchado supone una de las terapias más valiosas para cualquier persona.
¿Cómo aprender a escuchar? Según los expertos, es necesario esforzarse por mantenerse callados mientras la otra persona habla, no interrumpir, no distraerse con cosas ajenas (¡como el móvil!), intentar repetir interiormente lo que nos están diciendo para comprenderlo, hacerle saber a la otra persona que las estamos atendiendo (asintiendo, mirando a los ojos, diciendo cosas breves…). En definitiva, de escuchar con todos los sentidos puestos en la otra persona.
Tengo una amiga que encaja en el perfil del perfecto escuchador: habla poco y siempre está atenta a lo que los demás dicen, sin interrumpir jamás y sin añadir comentarios innecesarios. Porque a veces también es mucho más valioso lo que se calla que lo que se dice…